"Cualquiera que sea su parentesco,
la belleza, en su desarrollo supremo,
induce a las lágrimas, inevitablemente,
a las almas sensibles."
Edgar Allan Poe
la belleza, en su desarrollo supremo,
induce a las lágrimas, inevitablemente,
a las almas sensibles."
Edgar Allan Poe
Nos habían hablado de un extraño árbol ubicado en la ciudad de Maracay, tan singular que valía la pena ocupar una conversación con su inusual estampa, y más aún, ir a verlo si se daba el chance. Así fue como, un domingo por la tarde, luego de llegar a esa ciudad sin haberlo planificado, decidimos buscar aquel árbol a pesar de aproximarse la noche y un viaje de regreso. Nos dijeron que estaba cerca de un campo de golf, frente a un gran hotel cuyo nombre no recordábamos con certeza.
Encontramos la primera referencia, bastante ocre y seca para ser un campo de golf, pero era sólo una de tantas consecuencias de la severa sequía de las últimas semanas. -Está en una redoma grandota, dijo Moi. Seguimos avanzando -ya veo por qué la llaman la ciudad jardín, dije; grandes cedros y apamates bordeaban la vía, reflejando en el follaje y la corteza cuarteada de sus troncos la luz dorada del atardecer. -¡Allá está!, exclamó Moi; -¿dónde? no lo veo, dijo Tere al volante -allá pues, ese poco'e matas que se ven ahí, replicó... miramos mejor y voilà!

Ciertamente a la distancia no parecía un gran árbol sino un arbusto bastante desarrollado. Era como una cúpula achatada. Nos acercábamos y advertíamos sus dimensiones, más generosas a lo ancho que a lo alto. Nos bajamos del carro y nos aproximamos al árbol. -Wow, qué increíble, atiné a decir. Faltaban las palabras y el estupor le ganó a la elocuencia. Tere se trepó sin pensarlo, luego Moi... sin duda era difícil resistir la tentación. Claro, yo tampoco me esforcé en resistirla, pero antes quise seguir las líneas del caprichoso ramaje con mis ojos y con la lente de mi cámara. Caminé a su alrededor y admiré su extravagante ser. -Parece un mangle, comenté. De sus ramas sinuosas habían descendido vástagos que formaron nuevos troncos arraigados en el suelo, se formaban arcos entramados en un complicado y laberíntico dibujo a contraluz que invitaba silenciosamente a introducirse en él; a "monearse" y recordar esos momentos de la infancia en los que no existía más que la extraordinaria sensación de poder y libertad que produce la perspectiva aérea, esa que tienen las aves al vuelo y los gigantes de fábula.
Allí estábamos, disfrutando de nuestra pequeñez en los brazos imposibles de ese abuelo vegetal. Hicimos silencio. Cada quien buscó su espacio y contempló el momento, ya nada importaba allá abajo. Sólo éramos nosotros y él, o más bien, nosotros en él; y por extraño que parezca, él en nosotros. Nos hicimos del tiempo solidificado en sus formas y con despreocupación pueril apenas advertimos la puesta del sol. Nos tomó la noche allí, mimetizados en la sombra del follaje y más vivos que nunca. Moi llegó hasta la rama de Tere y permaneció allí unos minutos, luego se acercó a la mía y me pasó su iPod -escucha Happiness, dijo. Experimenté como nunca antes ese maravilloso tema de Jónsi & Alex, me conmoví, y supe que había llegado el momento de partir, de "descender a la realidad".
Moi investigó. El recepcionista del hotel le confirmó que aquél árbol es un Mangle de la India, que lo habían plantado durante la gestión de Pérez Jiménez, "que era así de chiquito" (gesto de manos como sosteniendo una manzana), y que ahora tiene entre 55 y 60 años. Sí, resultó ser más joven de lo que imaginábamos. Nos marchamos, enrarecidos y tal vez revitalizados, con una alegre melancolía en la mirada, quizás por haberse terminado ese momento de intimidad con eso que las palabras no pueden describir pero que sin duda habíamos decidido perpetuar, al menos en nosotros, en nuestra piel y nuestra savia.
Allí estábamos, disfrutando de nuestra pequeñez en los brazos imposibles de ese abuelo vegetal. Hicimos silencio. Cada quien buscó su espacio y contempló el momento, ya nada importaba allá abajo. Sólo éramos nosotros y él, o más bien, nosotros en él; y por extraño que parezca, él en nosotros. Nos hicimos del tiempo solidificado en sus formas y con despreocupación pueril apenas advertimos la puesta del sol. Nos tomó la noche allí, mimetizados en la sombra del follaje y más vivos que nunca. Moi llegó hasta la rama de Tere y permaneció allí unos minutos, luego se acercó a la mía y me pasó su iPod -escucha Happiness, dijo. Experimenté como nunca antes ese maravilloso tema de Jónsi & Alex, me conmoví, y supe que había llegado el momento de partir, de "descender a la realidad".
Moi investigó. El recepcionista del hotel le confirmó que aquél árbol es un Mangle de la India, que lo habían plantado durante la gestión de Pérez Jiménez, "que era así de chiquito" (gesto de manos como sosteniendo una manzana), y que ahora tiene entre 55 y 60 años. Sí, resultó ser más joven de lo que imaginábamos. Nos marchamos, enrarecidos y tal vez revitalizados, con una alegre melancolía en la mirada, quizás por haberse terminado ese momento de intimidad con eso que las palabras no pueden describir pero que sin duda habíamos decidido perpetuar, al menos en nosotros, en nuestra piel y nuestra savia.



2 comentarios:
Qué hermoso árbol y qué hermoso relato. Me estoy devorando este blog. Un saludo desde Buenos Aires
Gracias airuF! Me encanta saber que lo estés disfrutando. Un gran saludo desde Caracas
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